Las líneas según las cuales se desenvuelve la dialéctica
que liga a las categorías y a las Ideas antropológicas es un proceso
histórico-cultural, que tiene que ver con el propio movimiento del material
antropológico vivo, y del cual forman parte las mismas vicisitudes (lógicas,
gnoseológicas) que se ordenan a la constitución de las mismas disciplinas
antropológicas y con los conflictos entre ellas. Se comprende, por tanto, que
la obligada apelación a la «historia de la antropología» como fuente necesaria
para formar juicios adecuados sobre el propio concepto de Antropología, esté
ella misma necesariamente envuelta en esa dialéctica. Lo que significa que el
historiador de la Antropología ha de situarse desde alguna de las perspectivas
que, en abstracto, hemos esquematizado. Una de ellas es la perspectiva
(inocente y precrítica) de quien se propone colaborar a la «reconstrucción
unitaria» de la historia de la Antropología, como si se tratase de la
reconstrucción de la una ciencia categorial, con sus «paradigmas», «matrices
disciplinares» y «revoluciones científicas», que seguirán a las etapas de
desarrollo de la Antropología «normal». Semejante «historia de la Antropología»
no tiene más consistencia de la que pudiera atribuirse a una «historia total de
las artes» que intentase ofrecer «sistemáticamente» el desenvolvimiento de las
formas musicales y poéticas, junto con las técnicas de la aviación y de la
mampostería, en sus relaciones con los estilos pictóricos y escultóricos, la danza
y el teatro. Cuando el análisis histórico cobra una cierta coherencia es
precisamente cuando se lleva a cabo desde una perspectiva especial, es decir,
cuando la historia es historia de la Antropología ecológica o historia de la
Antropología médica, o física o filosófica.
¿Cómo alcanzaría algún sentido la historia de esa
trayectoria global que las diferentes perspectivas, polémicamente entretejidas,
pueden describir? Me inclinaría a concluir en una dirección negativa, cuando
consideramos estas relaciones en sí mismas. Pero puede haber sentidos muy
profundos al considerar esas relaciones como partes de procesos más globales de
la historia de las Ideas, entre las cuales figuren las Ideas
antropológicas. Según esto, la Historia de la Antropología no debiera
proyectarse en la perspectiva de la exposición de un supuesto proceso de
autoconsciencia que el hombre fuera alcanzando en función de su mismo
desarrollo histórico. La configuración histórica de la Antropología no
habría que estudiarla, en suma, en la perspectiva de una supuesta relación
metafísica de la conciencia del hombre con la misma realidad humana, sino en la
perspectiva de la relación de las Ideas sobre el hombre respecto de otros
sistemas de Ideas que puedan ser determinados. En este sentido, por ejemplo,
comenzará a ser relevante el hecho de que en los sistemas de las ciencias
antiguas o medievales el hombre no figuraba en ninguna tabla de categorías, ni
tampoco se constituía en centro en torno al cual se organizase alguna familia
de disciplinas, o una disciplina antropológica. Se diría que el material
antropológico aparecía dispersado y distribuido en diferentes «objetos
formales»: el de la Física, el de la Pneumatología, el de la Moral, &c. Si
en la época moderna comienza a perfilarse, como un nuevo «género literario»,
los tratados dehomine, esto no tendrá en principio nada que ver con un
incremento de laautognosis, según el esquema hegeliano. Esquema
prácticamente aceptado, acaso como una fórmula «cómoda», por tantos
historiadores que hablan, por ejemplo, de la época sofística, o de la época del
Renacimiento como épocas en las cuales el hombre «alcanza una mayor conciencia
de sí mismo», como si antes estuviese durmiendo, o como si el autoconcebirse
como «Señor del Mundo» comportase un grado mayor de conciencia que el
autoconcebirse como «esclavo de la Naturaleza». Por el contrario, lo que
convencionalmente suele denominarse, referida al Renacimiento, «la nueva
conciencia del hombre propia del humanismo», tendrá que ver, por ejemplo, con
la reordenación del espacio antropológico y, en concreto, con los
desplazamientos de la posición relativa que los ángeles ocupan, a consecuencia
de la profundización cristiana del dogma de la Encarnación (el «Cristo
pimpollo» de fray Luis de León), frente a la teología musulmana, y de ahí el
lugar privilegiado de España reconocido, a su modo, por M. Foucault, en la
configuración de una nueva Idea del hombre.
La Historia de la antropología, según esto, se nos
presenta como una empresa que debe plantearse como fundamentalmente crítica de
su mismo objetivo, puesto que lo que ella tendrá que probar es precisamente que
no hay tal Historia en sentido unitario, sino que hay una dialéctica mucho más
compleja, cuyos hilos no podrían ser extraídos con los simples recursos de la
historiografía.
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